viernes, 8 de julio de 2011
Un sueño cumplido
A Bonifacio siempre le había gustado cocinar. Era feliz entre fogones y su familia estaba encantada con los suculentos platos que preparaba. Por desgracia para él, padecía un grave problema de disfagia, un trastorno en la deglución que le obligaba a alimentarse a través de un tubo metido por el esófago. Aunque a Bonifacio le habría encantado poder disfrutar de sus creaciones culinarias, nunca dejó que su enfermedad acabara con su pasión. Siempre había soñado con abrir un restaurante para disfágicos y gracias al apoyo de sus familiares y amigos logró convertir su sueño en realidad. Durante varios meses el céntrico restaurante estuvo a punto de quebrar debido al escaso número de disfágicos que había en la ciudad de Oviedo y al rechazo que creaba, para aquellas personas que no estaban en contacto con esta enfermedad, verse rodeadas de gente que ingería los alimentos a través de un tubo. Pero Bonifacio era un terco, o un luchador, como se suele decir. En su afán por rescatar su local de la quiebra inminente, amplió su carta con refinadas recetas de alta cocina. En sus fogones se preparaban platos como medallones de ternera con salsa de castañas sobre lecho de setas, salmón ahumado con guarnición marinera a las finas hierbas, huevos fritos deconstruidos o sopa de Fanta con pipas Churruca. Todo ello, una vez cocinado, se encapsulaba en forma de supositorio y se servía en un plato decorado con mucho esmero. Para alegría de Bonifacio, el nuevo formato de ingestión atrajo a una amplia clientela ansiosa de ser sodomizada, culinariamente hablando, por algún camarero mal pagado. El éxito fue tal que se le otorgaron cinco estrellas en la Guía Michelín, cuyo nombre no podía ser más acertado para una guía gastronómica. A raíz de este suceso, nuestro amigo tubo que abrir un segundo establecimiento en Otero, para recibir a la multitudinaria clientela de turistas, jubilados, excursionistas y camioneros que se desviaban de su ruta para bajarse los pantalones en el afamado restaurante. La ampliación del local permitió también la celebración de bodas y comuniones, en cuya carta disponían de un postre especial en sustitución de la tradicional tarta. A los afortunados comensales se les entregaba un huevo Kinder, cuya vía de ingestión era también la rectal. A los niños les encantaba, porque un par de días después aparecía el juguete. Pero la cosa no se quedó ahí, el tremendo éxito atrajo a multitud de empresarios, banqueros y políticos. Incluso la familia real se acercó al establecimiento a degustar el menú y según cuentan, a Doña Sofía le gustó tanto que incluso repitió plato varias veces.
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