Los gritos se habían hecho ensordecedores. La migraña empezaba a aparecer y tenía reseca la garganta. Poco importaba, debía seguir gritando. Tenía que confundirme con el entorno, procurar pasar desapercibido. Debía ser uno más. Todo se me había ido de las manos y ahora me encontraba en plena calle Uría vestido con un frac y un sombrero de copa mientras agitaba el maletín al ritmo de los aullidos que el grupo producía.
Para entender como he llegado hasta aquí es necesario remontarse unos años atrás en el tiempo. Por aquella época yo era un joven alocado de La Tenderina sin más intereses en la vida que tirar piedras a los motoristas y esnifar barniz. Tras la muerte de mis padres en un trágico accidente mientras hacían punto de cruz, me vi obligado a buscarme la vida. Por aquel entonces no había demasiado trabajo para un joven como yo, así que tuve que coger el primer empleo que se cruzó en mi camino. No me desagradó demasiado tener que trabajar como cobrador del frac, pues estaba acostumbrado a disfrazarme. Los fines de semana solía acosar a las chicas disfrazado de colibrí, así que pronto me acostumbré a perseguir a los morosos vestido con mi llamativo uniforme. La verdad es que me gustaba que todo el mundo se volviera para mirarme. Siempre había anhelado ser popular. No me conformaba con que mis vecinos formaran colas para apalearme, yo aspiraba a más.
Empecé a ganar dinero, cosa que me encantaba, ya que los fines de semana podía derrocharlo en colocar alambre de espino en la carretera para que los motoristas se dieran la gran hostia e invitando a mis amigos al barniz de la mejor calidad. Poco a poco fui ascendiendo hasta ser el cobrador del frac más destacado de todo Oviedo. Siempre lograba cobrar. Mi método consistía en acechar con sutileza al deudor, acosarlo con obstinación y, en el momento oportuno, arrearle en la cabeza con un calcetín lleno de arena hasta que pidiera clemencia. Mis métodos pronto llegaron a oídos de la mafia Lugonesa, la cual me ofreció una fuerte suma de dinero por prestarles mis servicios. Me vi obligado a rechazar su oferta pues no quería verme implicado de nuevo en el oscuro mundo del crimen organizado. Una vez siendo niño mis amigos y yo nos habíamos reunido para llamar a los timbres y salir corriendo, y desde entonces la culpa no me dejaba dormir.
Tras un par de años persiguiendo a los morosos de punta a punta de la benemérita, invicta, heroica, muy noble y muy leal ciudad de Oviedo, decidí que era el momento de dar un paso más y montarme mi propia empresa de cobradores del frac. Durante años el negocio fue como la seda, yo mismo había instruido a mis empleados. Mis ganancias aumentaban de forma directamente proporcional al número de cadáveres que aparecían en las calles con evidentes señas de vejación post mortem. Pero sin previo aviso, mi pequeña burbuja de recaudaciones, beneficios y ultraviolencia explotó. Invertí todo mi dinero en un innovador proyecto que pensé que supondría una revolución en el sector de las telecomunicaciones. Era una obra de ingeniería extrema que permitía la comunicación a grandes distancias. El artilugio en cuestión consistía en un micrófono que a su vez ejercía de audífono y permitía comunicarse con quien estuviera al otro lado de la línea. Ahora me doy cuenta de que quizás me dejé impresionar por el bajo coste de la materia prima necesaria para su construcción, pues tan sólo hacían falta dos yogures vacíos y un cordel. De repente me encontraba en quiebra y no tardé en sufrir las consecuencias de mi error. Comencé a vivir el peor infierno que cualquier ser humano puede vivir: deber un mes de sueldo a toda una plantilla de cobradores del frac. Las llamadas telefónicas eran diarias, me seguían allá donde fuese reclamando su dinero. Habían pintado las paredes de mi casa y me avergonzaban públicamente sin importar dónde estuviera, tachándome de moroso y señalándome con el dedo. Harto de tal despropósito ideé un plan infalible para evadirme del escarnio público. Me vestí con mi antiguo uniforme de cobrador y bajé a la calle. Allí estaban todos y comenzaron a gritar y gesticular, pero yo comencé a hacer lo mismo. Estaban completamente desarmados, nadie podría diferenciar quién era el moroso. Había logrado pasar desapercibido ante los ojos de la multitud. Me dirigí, seguido de mi séquito, al centro de la ciudad sin dejar de gritar, con la esperanza de que al ver lo inútil que resultaba su espectáculo se cansaran y me dejaran vivir tranquilo.
Ahora ya sabéis por qué me encuentro en esta situación. Estoy agotado y ronco y ellos no parecen cansarse, pero es normal, han aprendido del mejor. Por desgracia está empezando a anochecer y me temo que en el solitario camino hacia mi casa un calcetín lleno de arena pondrá fin a mi vida y, para acentuar la tragedia de la que soy víctima, se me ha terminado el barniz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario