viernes, 8 de julio de 2011

La gran cita

Había quedado en La Gorda con aquella hermosa dama que había conocido por Internet. Su nombre era Constantina. Trabajaba en la biblioteca de El Fontán, pero no cumplía en absoluto el tópico de bibliotecaria bajita, regordeta y gafotas. Era una mujer delicada con un cuerpo imponente, de hecho aunque padecía de osteoporosis había sido campeona regional de culturismo femenino. Estaba realmente emocionado y, por qué no decirlo, esperanzado por la posibilidad de rebozar la sardina esa misma noche. Hacía años que no tenía una cita con una mujer. Con travestis solía tenerlas a menudo, pero no era lo mismo, no me llenaban tanto. O mejor dicho, me llenaban de una forma literal. Como iba diciendo, me encontraba francamente emocionado. Me había estado acicalando durante horas, como si fuera una adolescente cualquiera el día del baile de fin de curso, probándose decenas de conjuntos con la esperanza de que algún semental del equipo de fútbol la sodomizara en el asiento trasero de un Cadillac. Al final me decidí por un elegante esmoquin que conjuntaba a la perfección con el sombrero de paja y las botas de esquí. Ese día mi higiene era impecable: me había frotado bien el cuerpo con un estropajo metálico, me había hecho la pedicura con la lijadora eléctrica, ahogado las ladillas en un vaso de aguarrás y me había dado una capa de barniz para relucir como los chulos de playa. Por desgracia, mientras caminaba por la calle Argüelles me dí cuenta de que me había excedido con el perfume, pues iba dejando tras de mí un rastro de cadáveres amoratados por la asfixia. Cuando llegué junto a la estatua de La Gorda ella ya estaba allí, le dí dos besos y traté de hacerle un cumplido para romper el hielo.
-Que vestido más bonito, te queda de maravilla
-Muchas gracias, tu también estas muy guapo –Me dijo sonriendo.
-Y ese bigote te da un aire muy distinguido –Añadí.
Ella me lanzó una mirada fogosa y penetrante que yo interpreté como puro erotismo. Sin duda alguna había empezado con buen pie.
Al lado de la plaza, haciendo esquina con Uría y San Francisco se encontraba el restaurante La Corte. Era un local elegante de clase alta donde te servían la misma mierda comprada en Makro que el resto de restaurantes, pero a unos precios abusivos que garantizaban una comida tranquila alejada de la indigna presencia de la prole. Constantina se pidió una crema de marisco y un estofado de ciervo. Yo pedí una ensalada noruega y una perca a la lionesa con doble ración de escupitajos. Mucha gente no lo sabía, pero el ingrediente secreto de la mayoría de los restaurantes de Oviedo son las flemas. Mientras degustábamos nuestros respectivos platos la conversación surgía de forma espontánea, eso era realmente bueno, un claro indicador de que esta noche habría cópula.
-¿Así que has estado casada? –pregunté.
-Sí, pero mi marido lleva ya muerto cinco años –dijo con aire nostálgico.
-Vaya, veo que es un hombre de costumbres.
-Gilipollas… –dijo mientras me fulminaba con la mirada y se levantaba de la silla.
Sí, todo iba culo en pompa.

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