A veces te observo desde mi ventana. Tú te sientas en el parque y te quedas absorta en un libro, ajena a mi mirada. Muchas veces te desnudo mentalmente y me pongo a fantasear. Te imagino ahí sentada, leyendo el kamasutra mientras te tocas y rebuznas de placer. Luego tengo que limpiar las cortinas con una esponja mojada, para que mi madre no me riña. Hay días que no vienes. Entonces me dibujo el pito con acuarelas y me imagino que es una serpiente. A veces hasta me ato un hilo en el glande para poder moverla como si fuera una marioneta. Así paso las tardes cuando tú no estás. Cuando no vienes te echo de menos, no sé, creo que me gustas un poco.
PEQUEÑOS APUNTES SOBRE EL RETRASO MENTAL
domingo, 10 de julio de 2011
viernes, 8 de julio de 2011
Calcetines a la fuga
Mientras colocaba la ropa que acababa de quitar del tendal, comprobé que el misterioso fenómeno había vuelto a producirse. Calcetines desparejados iban apareciendo ante mí. No era la primera vez que esto ocurría y una pregunta que ya me había hecho anteriormente comenzó a obsesionarme: ¿A dónde van los calcetines? Esta vez se trataba de algo serio, el calcetín desaparecido no era un calcetín cualquiera, junto con su pareja formaba parte de lo que yo llamaba mis calcetines de la suerte. Aunque lo cierto es que esta buena fortuna se me otorgaba a través de ellos de manera indirecta, pues siempre que me los ponía encontraba uno o varios excrementos caninos que poder pisar como si de uvas para un buen vino se trataran, ya que como cualquier persona con dos dedos de frente sabe, ésta es la auténtica fuente de la buena suerte.
La preocupación empezaba a carcomerme por dentro. Sabia por experiencia que un calcetín desaparecido jamás, bajo ningún concepto, volvía a aparecer. ¿Qué podría hacer si nunca lo encontrara? Quizás pudiera emparejar el que me quedaba con cualquier otro, pero ¿atraería mi buen sino del mismo modo? y además, ¿qué clase de lunático pisaría zurullos con calcetines dispares? Siempre podría ponerme mis chancletas de la suerte para tal fin, pero decididamente no resultaría ni la mitad de gratificante.
No sabía a ciencia cierta donde debía empezar mi búsqueda. Comencé repasando mentalmente la trayectoria que debía haber seguido para localizar el punto más probable en el que podría haber desaparecido. De mis pies habían ido directamente al cesto de la ropa sucia y de ahí a la lavadora, de eso estaba totalmente seguro. Quizás podría haberse extraviado al sacarlo de la lavadora para volver a meterlo en el cesto, pero las probabilidades de que así hubiera ocurrido eran bastante escasas. Decidí que el momento más probable para su desaparición era durante el tendido. Tal vez fuera un calcetín con aspiraciones que, cansado de soportar una vida que consideraba indigna, hubiera decidido soltarse del tendal y precipitarse al vacío, dejando atrás a su compañero de fatigas. O quizás se tratara de algún tipo de disputa con su pareja que tan sólo pudiera solucionarse separándose de forma definitiva. Por supuesto esta teoría era mucho más factible que la de que la desaparición se debiera a un descuido mío. Decidí comprobar si mi vecino de abajo lo había visto en su patio y había sido tan amable de guardármelo a la espera de que fuera a buscarlo.
Mientras me dirigía escaleras abajo empecé a meditar sobre una sospecha que arrojaba una nueva luz sobre el caso. ¿Y si mi vecino conociera de antemano los especiales poderes de mis calcetines? Al llegar abajo el hombre me contestó que no lo había visto, así que le propine un contundente puñetazo en las narices. Sabía que me mentía, sin duda alguna debía haberlo escondido a la espera de que tarde o temprano se me cayera el otro también, para de este modo poder cambiar su suerte a costa de mi desgracia. Es más, estaba seguro de que era el responsable de todas y cada una de las desapariciones. Así que sin dudarlo dos veces subí a por una lata de gasolina y prendí fuego a su casa con todos sus seres queridos dentro. Quizás puede pueda parecer una decisión demasiado drástica producida por las ideas paranoides de un desquiciado, pero ¿acaso no estaría verdaderamente loco si asumiera sin calcinar a nadie que a veces las cosas se pierden?
Mariano Prieto: un hombre cualquiera
Mariano Prieto era un hombre sencillo, de mirada lúcida y rostro dulce como una piruleta de sirope. Disfrutaba de una vida tranquila y agradable viviendo del cuento. Era un gran escritor, Mariano. En todo Ventanielles era conocido, aunque quizás esta popularidad se debiera más al hecho de que soliera pasearse desnudo que a sus inquietudes literarias. Mariano era un fiel militante de la causa nudista, o desnudista, como él la llamaba y nunca perdía la ocasión de mostrarle al mundo su grotesca virilidad. Solía ponerse un gorro con hélice, no por una simple cuestión estética sino más bien para llamar la atención, aunque su desnudez constituía de por sí reclamo suficiente para las atónitas miradas de los viandantes.
Un buen día, cansado de la precariedad en la que vive todo aquel que se dedica al arte de las letras, decidió buscarse un trabajo serio. Pensó que esta experiencia sería enriquecedora y, sin duda, le aportaría nuevo material para sus escritos. Aunque Mariano pudiera parecer un perturbado era un hombre con los pies en el suelo, conocedor de las costumbres imperantes en la sociedad moderna. En su afán de dar buena impresión se colocó elegantemente una pajarita en el miembro y salió en busca de un trabajo. Se dirigió a General Elorza y entró alegremente en la oficina de empleo sin hacer caso de las caras boquiabiertas que se formaban ante su presencia. Estuvo largo rato buscando un oficio adecuado para él. Había gran oferta de trabajos que requerían algún tipo de habilidad manual, pero esta perspectiva no convenció mucho a Mariano. Una vez intentó construirse un armario ropero y acabó en el hospital con un cactus metido en el culo. La verdad es que era un proyecto estúpido desde el principio porque tampoco tenía ropa que guardar. Así que, ante el miedo a un nuevo desgarro anal, decidió seguir buscando algo mejor.
No había ningún trabajo que requiriese una inteligencia fuera de lo común, lo cual desagradó a Mariano, ya que toda su vida había ido a clases de educación especial y ahora resultaba que no le iba a servir para nada. Acabó aceptando un trabajo manual, cosa que no le convencía mucho, pero al menos era el trabajo más serio que podría haber encontrado jamás. Sería enterrador. Apuntó la dirección de la funeraria en un papel y se lo guardó en el orificio trasero. Se le ocurrió ir en autobús, pero no acostumbraba a llevar dinero suelto porque las monedas le producían laceraciones en el esfínter y además el cementerio de San Claudio realmente no estaba tan lejos. Así que decidió ir andando y tonificar su cuerpo desnudo. Al llegar a la funeraria le cayó una buena rociada de espray anti violación por parte de la dependienta. Pero cuando Mariano le dijo que venía para entrevistarse con el director le hizo pasar al despacho. El director era un joven barbilampiño, achaparrado, de corte siniestro y voz gutural, pelo hirsuto y casposo, vestía un roído esmoquin de aspecto lacio y sus ojos ratonescos saltaban de aquí para allá analizando todo lo que había a su alrededor. Mariano tendió la mano al joven director y procedió a sentarse. Sentía un nudo en el estómago y empezaba a arrepentirse de haber desayunado tan sólo un cordón.
El director comenzó a hablar y Mariano pronto se dio cuenta de que la única cualidad que realmente se le exigía era que no mantuviera relaciones sexuales con el muerto, lo cual no constituía un problema para él, pues siempre podría aliviarse metiéndola en un donuts calentado al microondas. Con la felicidad propia de la estupidez, Mariano cerró el trato con un apretón de manos. Al día siguiente, mientras cavaba una tumba, Mariano Prieto tuvo que ser ingresado de urgencia con un cactus insertado en el culo. Desde entonces no volvió a realizar trabajos manuales.
Hoy es propietario de la mayor cadena internacional de compra-venta de cactus y tiritas.
Un buen día, cansado de la precariedad en la que vive todo aquel que se dedica al arte de las letras, decidió buscarse un trabajo serio. Pensó que esta experiencia sería enriquecedora y, sin duda, le aportaría nuevo material para sus escritos. Aunque Mariano pudiera parecer un perturbado era un hombre con los pies en el suelo, conocedor de las costumbres imperantes en la sociedad moderna. En su afán de dar buena impresión se colocó elegantemente una pajarita en el miembro y salió en busca de un trabajo. Se dirigió a General Elorza y entró alegremente en la oficina de empleo sin hacer caso de las caras boquiabiertas que se formaban ante su presencia. Estuvo largo rato buscando un oficio adecuado para él. Había gran oferta de trabajos que requerían algún tipo de habilidad manual, pero esta perspectiva no convenció mucho a Mariano. Una vez intentó construirse un armario ropero y acabó en el hospital con un cactus metido en el culo. La verdad es que era un proyecto estúpido desde el principio porque tampoco tenía ropa que guardar. Así que, ante el miedo a un nuevo desgarro anal, decidió seguir buscando algo mejor.
No había ningún trabajo que requiriese una inteligencia fuera de lo común, lo cual desagradó a Mariano, ya que toda su vida había ido a clases de educación especial y ahora resultaba que no le iba a servir para nada. Acabó aceptando un trabajo manual, cosa que no le convencía mucho, pero al menos era el trabajo más serio que podría haber encontrado jamás. Sería enterrador. Apuntó la dirección de la funeraria en un papel y se lo guardó en el orificio trasero. Se le ocurrió ir en autobús, pero no acostumbraba a llevar dinero suelto porque las monedas le producían laceraciones en el esfínter y además el cementerio de San Claudio realmente no estaba tan lejos. Así que decidió ir andando y tonificar su cuerpo desnudo. Al llegar a la funeraria le cayó una buena rociada de espray anti violación por parte de la dependienta. Pero cuando Mariano le dijo que venía para entrevistarse con el director le hizo pasar al despacho. El director era un joven barbilampiño, achaparrado, de corte siniestro y voz gutural, pelo hirsuto y casposo, vestía un roído esmoquin de aspecto lacio y sus ojos ratonescos saltaban de aquí para allá analizando todo lo que había a su alrededor. Mariano tendió la mano al joven director y procedió a sentarse. Sentía un nudo en el estómago y empezaba a arrepentirse de haber desayunado tan sólo un cordón.
El director comenzó a hablar y Mariano pronto se dio cuenta de que la única cualidad que realmente se le exigía era que no mantuviera relaciones sexuales con el muerto, lo cual no constituía un problema para él, pues siempre podría aliviarse metiéndola en un donuts calentado al microondas. Con la felicidad propia de la estupidez, Mariano cerró el trato con un apretón de manos. Al día siguiente, mientras cavaba una tumba, Mariano Prieto tuvo que ser ingresado de urgencia con un cactus insertado en el culo. Desde entonces no volvió a realizar trabajos manuales.
Hoy es propietario de la mayor cadena internacional de compra-venta de cactus y tiritas.
Pesadilla de mendigo
Recuerdo aquella tarde tan claramente como si no hubiera estado borracho. Un rayo de sol se reflejaba con insistencia en mis ojos, hinchándome las pelotas sobremanera. La gente caminaba cabizbaja, formando una masa de formas no concretas que tan solo levantaba la cabeza para observar de refilón los pechos de alguna mujer.
Recuerdo que mientras buscaba mi hogar, compuesto por una caja de cartón situada debajo de un puente, un objeto reluciente llamó mi atención. Pensé que podría ser una lentejuela procedente del vestido de algún travesti, aunque según me iba acercando a la fuente de mis cavilaciones mi teoría evolucionó. Con movimientos descoordinados, debido a los efectos alcohólicos de las uvas que fermentaban en mi estómago, me acerque al reluciente elemento. ¡No podía ser verdad! Mi mente se enzarzó en un eterno debate entre realidad y ficción, estaba ahí, o al menos eso afirmaban los impulsos que mi retina mandaba a mi deteriorado cerebro. Me agaché lentamente, con ojos dudosos y mirada asombrada. Mis manos palparon el frío material que ante mi se encontraba y durante una milésima de segundo note una sensación de euforia que duró lo mismo que dura un porro a la puerta de un instituto. Un misil emplumado pasó ante mí con vuelo rasante, arrancando de mis temblorosos dedos la fuente de mi renovada felicidad.
¡El puto pájaro me había quitado la moneda de las manos! Era él de nuevo, reconocí al instante su mirada burlona. Era mi pesadilla del pasado que había vuelto para destruirme en mil y una batallas. Volaba triunfante con mi moneda a la vez que defecaba sobre la muchedumbre. Me torturaba con sus agudos graznidos, esa era su forma de hacerme saber que estaba aquí de nuevo, que había resurgido al igual que resurge el ave fénix de las cenizas, para hacer realidad mis temores más ocultos. Mientras se alejaba, la luz del ocaso se reflejaba en sus plumas con una intensidad casi deslumbradora, resaltando su vuelo señorial y haciéndome pensar seriamente en comprar una visera.
Iba a ser una larga madrugada, gracias a Dios aún podría contar con el calor de un buen vino peleón. Cayó la noche, pero afortunadamente no pilló a nadie debajo. Mi corazón bombeaba fuerte debido a la tensión y mi cuerpo se tambaleaba debido a la borrachera. Caminé por las solitarias calles que ya dormían hasta llegar a un callejón en el que una enigmática figura llamó mi atención. Me acerqué a ella como se acerca el niño obeso a la tarta de manzana y un flechazo de terror atravesó mis sentidos y corrompió para siempre mi dignidad humana como se corrompe un esquimal ante una estufa eléctrica. Sabía que había sido él, sólo ese maldito pajarraco podría haber hecho una cosa así. Con la piadosa convicción de saber que debía poner fin a su sufrimiento me acerqué al desafortunado jovencito, cogí una piedra con la fuerza con la que se coge un saco de percebes y un instante antes de que la contundente roca pavimentada saliera catapultada por los aires, se me bajó el tripi y me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo tirado en mitad de aquel parquecito infantil.
Recuerdo que mientras buscaba mi hogar, compuesto por una caja de cartón situada debajo de un puente, un objeto reluciente llamó mi atención. Pensé que podría ser una lentejuela procedente del vestido de algún travesti, aunque según me iba acercando a la fuente de mis cavilaciones mi teoría evolucionó. Con movimientos descoordinados, debido a los efectos alcohólicos de las uvas que fermentaban en mi estómago, me acerque al reluciente elemento. ¡No podía ser verdad! Mi mente se enzarzó en un eterno debate entre realidad y ficción, estaba ahí, o al menos eso afirmaban los impulsos que mi retina mandaba a mi deteriorado cerebro. Me agaché lentamente, con ojos dudosos y mirada asombrada. Mis manos palparon el frío material que ante mi se encontraba y durante una milésima de segundo note una sensación de euforia que duró lo mismo que dura un porro a la puerta de un instituto. Un misil emplumado pasó ante mí con vuelo rasante, arrancando de mis temblorosos dedos la fuente de mi renovada felicidad.
¡El puto pájaro me había quitado la moneda de las manos! Era él de nuevo, reconocí al instante su mirada burlona. Era mi pesadilla del pasado que había vuelto para destruirme en mil y una batallas. Volaba triunfante con mi moneda a la vez que defecaba sobre la muchedumbre. Me torturaba con sus agudos graznidos, esa era su forma de hacerme saber que estaba aquí de nuevo, que había resurgido al igual que resurge el ave fénix de las cenizas, para hacer realidad mis temores más ocultos. Mientras se alejaba, la luz del ocaso se reflejaba en sus plumas con una intensidad casi deslumbradora, resaltando su vuelo señorial y haciéndome pensar seriamente en comprar una visera.
Iba a ser una larga madrugada, gracias a Dios aún podría contar con el calor de un buen vino peleón. Cayó la noche, pero afortunadamente no pilló a nadie debajo. Mi corazón bombeaba fuerte debido a la tensión y mi cuerpo se tambaleaba debido a la borrachera. Caminé por las solitarias calles que ya dormían hasta llegar a un callejón en el que una enigmática figura llamó mi atención. Me acerqué a ella como se acerca el niño obeso a la tarta de manzana y un flechazo de terror atravesó mis sentidos y corrompió para siempre mi dignidad humana como se corrompe un esquimal ante una estufa eléctrica. Sabía que había sido él, sólo ese maldito pajarraco podría haber hecho una cosa así. Con la piadosa convicción de saber que debía poner fin a su sufrimiento me acerqué al desafortunado jovencito, cogí una piedra con la fuerza con la que se coge un saco de percebes y un instante antes de que la contundente roca pavimentada saliera catapultada por los aires, se me bajó el tripi y me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo tirado en mitad de aquel parquecito infantil.
El cobrador del frac
Los gritos se habían hecho ensordecedores. La migraña empezaba a aparecer y tenía reseca la garganta. Poco importaba, debía seguir gritando. Tenía que confundirme con el entorno, procurar pasar desapercibido. Debía ser uno más. Todo se me había ido de las manos y ahora me encontraba en plena calle Uría vestido con un frac y un sombrero de copa mientras agitaba el maletín al ritmo de los aullidos que el grupo producía.
Para entender como he llegado hasta aquí es necesario remontarse unos años atrás en el tiempo. Por aquella época yo era un joven alocado de La Tenderina sin más intereses en la vida que tirar piedras a los motoristas y esnifar barniz. Tras la muerte de mis padres en un trágico accidente mientras hacían punto de cruz, me vi obligado a buscarme la vida. Por aquel entonces no había demasiado trabajo para un joven como yo, así que tuve que coger el primer empleo que se cruzó en mi camino. No me desagradó demasiado tener que trabajar como cobrador del frac, pues estaba acostumbrado a disfrazarme. Los fines de semana solía acosar a las chicas disfrazado de colibrí, así que pronto me acostumbré a perseguir a los morosos vestido con mi llamativo uniforme. La verdad es que me gustaba que todo el mundo se volviera para mirarme. Siempre había anhelado ser popular. No me conformaba con que mis vecinos formaran colas para apalearme, yo aspiraba a más.
Empecé a ganar dinero, cosa que me encantaba, ya que los fines de semana podía derrocharlo en colocar alambre de espino en la carretera para que los motoristas se dieran la gran hostia e invitando a mis amigos al barniz de la mejor calidad. Poco a poco fui ascendiendo hasta ser el cobrador del frac más destacado de todo Oviedo. Siempre lograba cobrar. Mi método consistía en acechar con sutileza al deudor, acosarlo con obstinación y, en el momento oportuno, arrearle en la cabeza con un calcetín lleno de arena hasta que pidiera clemencia. Mis métodos pronto llegaron a oídos de la mafia Lugonesa, la cual me ofreció una fuerte suma de dinero por prestarles mis servicios. Me vi obligado a rechazar su oferta pues no quería verme implicado de nuevo en el oscuro mundo del crimen organizado. Una vez siendo niño mis amigos y yo nos habíamos reunido para llamar a los timbres y salir corriendo, y desde entonces la culpa no me dejaba dormir.
Tras un par de años persiguiendo a los morosos de punta a punta de la benemérita, invicta, heroica, muy noble y muy leal ciudad de Oviedo, decidí que era el momento de dar un paso más y montarme mi propia empresa de cobradores del frac. Durante años el negocio fue como la seda, yo mismo había instruido a mis empleados. Mis ganancias aumentaban de forma directamente proporcional al número de cadáveres que aparecían en las calles con evidentes señas de vejación post mortem. Pero sin previo aviso, mi pequeña burbuja de recaudaciones, beneficios y ultraviolencia explotó. Invertí todo mi dinero en un innovador proyecto que pensé que supondría una revolución en el sector de las telecomunicaciones. Era una obra de ingeniería extrema que permitía la comunicación a grandes distancias. El artilugio en cuestión consistía en un micrófono que a su vez ejercía de audífono y permitía comunicarse con quien estuviera al otro lado de la línea. Ahora me doy cuenta de que quizás me dejé impresionar por el bajo coste de la materia prima necesaria para su construcción, pues tan sólo hacían falta dos yogures vacíos y un cordel. De repente me encontraba en quiebra y no tardé en sufrir las consecuencias de mi error. Comencé a vivir el peor infierno que cualquier ser humano puede vivir: deber un mes de sueldo a toda una plantilla de cobradores del frac. Las llamadas telefónicas eran diarias, me seguían allá donde fuese reclamando su dinero. Habían pintado las paredes de mi casa y me avergonzaban públicamente sin importar dónde estuviera, tachándome de moroso y señalándome con el dedo. Harto de tal despropósito ideé un plan infalible para evadirme del escarnio público. Me vestí con mi antiguo uniforme de cobrador y bajé a la calle. Allí estaban todos y comenzaron a gritar y gesticular, pero yo comencé a hacer lo mismo. Estaban completamente desarmados, nadie podría diferenciar quién era el moroso. Había logrado pasar desapercibido ante los ojos de la multitud. Me dirigí, seguido de mi séquito, al centro de la ciudad sin dejar de gritar, con la esperanza de que al ver lo inútil que resultaba su espectáculo se cansaran y me dejaran vivir tranquilo.
Ahora ya sabéis por qué me encuentro en esta situación. Estoy agotado y ronco y ellos no parecen cansarse, pero es normal, han aprendido del mejor. Por desgracia está empezando a anochecer y me temo que en el solitario camino hacia mi casa un calcetín lleno de arena pondrá fin a mi vida y, para acentuar la tragedia de la que soy víctima, se me ha terminado el barniz.
Para entender como he llegado hasta aquí es necesario remontarse unos años atrás en el tiempo. Por aquella época yo era un joven alocado de La Tenderina sin más intereses en la vida que tirar piedras a los motoristas y esnifar barniz. Tras la muerte de mis padres en un trágico accidente mientras hacían punto de cruz, me vi obligado a buscarme la vida. Por aquel entonces no había demasiado trabajo para un joven como yo, así que tuve que coger el primer empleo que se cruzó en mi camino. No me desagradó demasiado tener que trabajar como cobrador del frac, pues estaba acostumbrado a disfrazarme. Los fines de semana solía acosar a las chicas disfrazado de colibrí, así que pronto me acostumbré a perseguir a los morosos vestido con mi llamativo uniforme. La verdad es que me gustaba que todo el mundo se volviera para mirarme. Siempre había anhelado ser popular. No me conformaba con que mis vecinos formaran colas para apalearme, yo aspiraba a más.
Empecé a ganar dinero, cosa que me encantaba, ya que los fines de semana podía derrocharlo en colocar alambre de espino en la carretera para que los motoristas se dieran la gran hostia e invitando a mis amigos al barniz de la mejor calidad. Poco a poco fui ascendiendo hasta ser el cobrador del frac más destacado de todo Oviedo. Siempre lograba cobrar. Mi método consistía en acechar con sutileza al deudor, acosarlo con obstinación y, en el momento oportuno, arrearle en la cabeza con un calcetín lleno de arena hasta que pidiera clemencia. Mis métodos pronto llegaron a oídos de la mafia Lugonesa, la cual me ofreció una fuerte suma de dinero por prestarles mis servicios. Me vi obligado a rechazar su oferta pues no quería verme implicado de nuevo en el oscuro mundo del crimen organizado. Una vez siendo niño mis amigos y yo nos habíamos reunido para llamar a los timbres y salir corriendo, y desde entonces la culpa no me dejaba dormir.
Tras un par de años persiguiendo a los morosos de punta a punta de la benemérita, invicta, heroica, muy noble y muy leal ciudad de Oviedo, decidí que era el momento de dar un paso más y montarme mi propia empresa de cobradores del frac. Durante años el negocio fue como la seda, yo mismo había instruido a mis empleados. Mis ganancias aumentaban de forma directamente proporcional al número de cadáveres que aparecían en las calles con evidentes señas de vejación post mortem. Pero sin previo aviso, mi pequeña burbuja de recaudaciones, beneficios y ultraviolencia explotó. Invertí todo mi dinero en un innovador proyecto que pensé que supondría una revolución en el sector de las telecomunicaciones. Era una obra de ingeniería extrema que permitía la comunicación a grandes distancias. El artilugio en cuestión consistía en un micrófono que a su vez ejercía de audífono y permitía comunicarse con quien estuviera al otro lado de la línea. Ahora me doy cuenta de que quizás me dejé impresionar por el bajo coste de la materia prima necesaria para su construcción, pues tan sólo hacían falta dos yogures vacíos y un cordel. De repente me encontraba en quiebra y no tardé en sufrir las consecuencias de mi error. Comencé a vivir el peor infierno que cualquier ser humano puede vivir: deber un mes de sueldo a toda una plantilla de cobradores del frac. Las llamadas telefónicas eran diarias, me seguían allá donde fuese reclamando su dinero. Habían pintado las paredes de mi casa y me avergonzaban públicamente sin importar dónde estuviera, tachándome de moroso y señalándome con el dedo. Harto de tal despropósito ideé un plan infalible para evadirme del escarnio público. Me vestí con mi antiguo uniforme de cobrador y bajé a la calle. Allí estaban todos y comenzaron a gritar y gesticular, pero yo comencé a hacer lo mismo. Estaban completamente desarmados, nadie podría diferenciar quién era el moroso. Había logrado pasar desapercibido ante los ojos de la multitud. Me dirigí, seguido de mi séquito, al centro de la ciudad sin dejar de gritar, con la esperanza de que al ver lo inútil que resultaba su espectáculo se cansaran y me dejaran vivir tranquilo.
Ahora ya sabéis por qué me encuentro en esta situación. Estoy agotado y ronco y ellos no parecen cansarse, pero es normal, han aprendido del mejor. Por desgracia está empezando a anochecer y me temo que en el solitario camino hacia mi casa un calcetín lleno de arena pondrá fin a mi vida y, para acentuar la tragedia de la que soy víctima, se me ha terminado el barniz.
La gran cita
Había quedado en La Gorda con aquella hermosa dama que había conocido por Internet. Su nombre era Constantina. Trabajaba en la biblioteca de El Fontán, pero no cumplía en absoluto el tópico de bibliotecaria bajita, regordeta y gafotas. Era una mujer delicada con un cuerpo imponente, de hecho aunque padecía de osteoporosis había sido campeona regional de culturismo femenino. Estaba realmente emocionado y, por qué no decirlo, esperanzado por la posibilidad de rebozar la sardina esa misma noche. Hacía años que no tenía una cita con una mujer. Con travestis solía tenerlas a menudo, pero no era lo mismo, no me llenaban tanto. O mejor dicho, me llenaban de una forma literal. Como iba diciendo, me encontraba francamente emocionado. Me había estado acicalando durante horas, como si fuera una adolescente cualquiera el día del baile de fin de curso, probándose decenas de conjuntos con la esperanza de que algún semental del equipo de fútbol la sodomizara en el asiento trasero de un Cadillac. Al final me decidí por un elegante esmoquin que conjuntaba a la perfección con el sombrero de paja y las botas de esquí. Ese día mi higiene era impecable: me había frotado bien el cuerpo con un estropajo metálico, me había hecho la pedicura con la lijadora eléctrica, ahogado las ladillas en un vaso de aguarrás y me había dado una capa de barniz para relucir como los chulos de playa. Por desgracia, mientras caminaba por la calle Argüelles me dí cuenta de que me había excedido con el perfume, pues iba dejando tras de mí un rastro de cadáveres amoratados por la asfixia. Cuando llegué junto a la estatua de La Gorda ella ya estaba allí, le dí dos besos y traté de hacerle un cumplido para romper el hielo.
-Que vestido más bonito, te queda de maravilla
-Muchas gracias, tu también estas muy guapo –Me dijo sonriendo.
-Y ese bigote te da un aire muy distinguido –Añadí.
Ella me lanzó una mirada fogosa y penetrante que yo interpreté como puro erotismo. Sin duda alguna había empezado con buen pie.
Al lado de la plaza, haciendo esquina con Uría y San Francisco se encontraba el restaurante La Corte. Era un local elegante de clase alta donde te servían la misma mierda comprada en Makro que el resto de restaurantes, pero a unos precios abusivos que garantizaban una comida tranquila alejada de la indigna presencia de la prole. Constantina se pidió una crema de marisco y un estofado de ciervo. Yo pedí una ensalada noruega y una perca a la lionesa con doble ración de escupitajos. Mucha gente no lo sabía, pero el ingrediente secreto de la mayoría de los restaurantes de Oviedo son las flemas. Mientras degustábamos nuestros respectivos platos la conversación surgía de forma espontánea, eso era realmente bueno, un claro indicador de que esta noche habría cópula.
-¿Así que has estado casada? –pregunté.
-Sí, pero mi marido lleva ya muerto cinco años –dijo con aire nostálgico.
-Vaya, veo que es un hombre de costumbres.
-Gilipollas… –dijo mientras me fulminaba con la mirada y se levantaba de la silla.
Sí, todo iba culo en pompa.
-Que vestido más bonito, te queda de maravilla
-Muchas gracias, tu también estas muy guapo –Me dijo sonriendo.
-Y ese bigote te da un aire muy distinguido –Añadí.
Ella me lanzó una mirada fogosa y penetrante que yo interpreté como puro erotismo. Sin duda alguna había empezado con buen pie.
Al lado de la plaza, haciendo esquina con Uría y San Francisco se encontraba el restaurante La Corte. Era un local elegante de clase alta donde te servían la misma mierda comprada en Makro que el resto de restaurantes, pero a unos precios abusivos que garantizaban una comida tranquila alejada de la indigna presencia de la prole. Constantina se pidió una crema de marisco y un estofado de ciervo. Yo pedí una ensalada noruega y una perca a la lionesa con doble ración de escupitajos. Mucha gente no lo sabía, pero el ingrediente secreto de la mayoría de los restaurantes de Oviedo son las flemas. Mientras degustábamos nuestros respectivos platos la conversación surgía de forma espontánea, eso era realmente bueno, un claro indicador de que esta noche habría cópula.
-¿Así que has estado casada? –pregunté.
-Sí, pero mi marido lleva ya muerto cinco años –dijo con aire nostálgico.
-Vaya, veo que es un hombre de costumbres.
-Gilipollas… –dijo mientras me fulminaba con la mirada y se levantaba de la silla.
Sí, todo iba culo en pompa.
Un sueño cumplido
A Bonifacio siempre le había gustado cocinar. Era feliz entre fogones y su familia estaba encantada con los suculentos platos que preparaba. Por desgracia para él, padecía un grave problema de disfagia, un trastorno en la deglución que le obligaba a alimentarse a través de un tubo metido por el esófago. Aunque a Bonifacio le habría encantado poder disfrutar de sus creaciones culinarias, nunca dejó que su enfermedad acabara con su pasión. Siempre había soñado con abrir un restaurante para disfágicos y gracias al apoyo de sus familiares y amigos logró convertir su sueño en realidad. Durante varios meses el céntrico restaurante estuvo a punto de quebrar debido al escaso número de disfágicos que había en la ciudad de Oviedo y al rechazo que creaba, para aquellas personas que no estaban en contacto con esta enfermedad, verse rodeadas de gente que ingería los alimentos a través de un tubo. Pero Bonifacio era un terco, o un luchador, como se suele decir. En su afán por rescatar su local de la quiebra inminente, amplió su carta con refinadas recetas de alta cocina. En sus fogones se preparaban platos como medallones de ternera con salsa de castañas sobre lecho de setas, salmón ahumado con guarnición marinera a las finas hierbas, huevos fritos deconstruidos o sopa de Fanta con pipas Churruca. Todo ello, una vez cocinado, se encapsulaba en forma de supositorio y se servía en un plato decorado con mucho esmero. Para alegría de Bonifacio, el nuevo formato de ingestión atrajo a una amplia clientela ansiosa de ser sodomizada, culinariamente hablando, por algún camarero mal pagado. El éxito fue tal que se le otorgaron cinco estrellas en la Guía Michelín, cuyo nombre no podía ser más acertado para una guía gastronómica. A raíz de este suceso, nuestro amigo tubo que abrir un segundo establecimiento en Otero, para recibir a la multitudinaria clientela de turistas, jubilados, excursionistas y camioneros que se desviaban de su ruta para bajarse los pantalones en el afamado restaurante. La ampliación del local permitió también la celebración de bodas y comuniones, en cuya carta disponían de un postre especial en sustitución de la tradicional tarta. A los afortunados comensales se les entregaba un huevo Kinder, cuya vía de ingestión era también la rectal. A los niños les encantaba, porque un par de días después aparecía el juguete. Pero la cosa no se quedó ahí, el tremendo éxito atrajo a multitud de empresarios, banqueros y políticos. Incluso la familia real se acercó al establecimiento a degustar el menú y según cuentan, a Doña Sofía le gustó tanto que incluso repitió plato varias veces.
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