Recuerdo aquella tarde tan claramente como si no hubiera estado borracho. Un rayo de sol se reflejaba con insistencia en mis ojos, hinchándome las pelotas sobremanera. La gente caminaba cabizbaja, formando una masa de formas no concretas que tan solo levantaba la cabeza para observar de refilón los pechos de alguna mujer.
Recuerdo que mientras buscaba mi hogar, compuesto por una caja de cartón situada debajo de un puente, un objeto reluciente llamó mi atención. Pensé que podría ser una lentejuela procedente del vestido de algún travesti, aunque según me iba acercando a la fuente de mis cavilaciones mi teoría evolucionó. Con movimientos descoordinados, debido a los efectos alcohólicos de las uvas que fermentaban en mi estómago, me acerque al reluciente elemento. ¡No podía ser verdad! Mi mente se enzarzó en un eterno debate entre realidad y ficción, estaba ahí, o al menos eso afirmaban los impulsos que mi retina mandaba a mi deteriorado cerebro. Me agaché lentamente, con ojos dudosos y mirada asombrada. Mis manos palparon el frío material que ante mi se encontraba y durante una milésima de segundo note una sensación de euforia que duró lo mismo que dura un porro a la puerta de un instituto. Un misil emplumado pasó ante mí con vuelo rasante, arrancando de mis temblorosos dedos la fuente de mi renovada felicidad.
¡El puto pájaro me había quitado la moneda de las manos! Era él de nuevo, reconocí al instante su mirada burlona. Era mi pesadilla del pasado que había vuelto para destruirme en mil y una batallas. Volaba triunfante con mi moneda a la vez que defecaba sobre la muchedumbre. Me torturaba con sus agudos graznidos, esa era su forma de hacerme saber que estaba aquí de nuevo, que había resurgido al igual que resurge el ave fénix de las cenizas, para hacer realidad mis temores más ocultos. Mientras se alejaba, la luz del ocaso se reflejaba en sus plumas con una intensidad casi deslumbradora, resaltando su vuelo señorial y haciéndome pensar seriamente en comprar una visera.
Iba a ser una larga madrugada, gracias a Dios aún podría contar con el calor de un buen vino peleón. Cayó la noche, pero afortunadamente no pilló a nadie debajo. Mi corazón bombeaba fuerte debido a la tensión y mi cuerpo se tambaleaba debido a la borrachera. Caminé por las solitarias calles que ya dormían hasta llegar a un callejón en el que una enigmática figura llamó mi atención. Me acerqué a ella como se acerca el niño obeso a la tarta de manzana y un flechazo de terror atravesó mis sentidos y corrompió para siempre mi dignidad humana como se corrompe un esquimal ante una estufa eléctrica. Sabía que había sido él, sólo ese maldito pajarraco podría haber hecho una cosa así. Con la piadosa convicción de saber que debía poner fin a su sufrimiento me acerqué al desafortunado jovencito, cogí una piedra con la fuerza con la que se coge un saco de percebes y un instante antes de que la contundente roca pavimentada saliera catapultada por los aires, se me bajó el tripi y me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo tirado en mitad de aquel parquecito infantil.
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