viernes, 8 de julio de 2011

Mariano Prieto: un hombre cualquiera

Mariano Prieto era un hombre sencillo, de mirada lúcida y rostro dulce como una piruleta de sirope. Disfrutaba de una vida tranquila y agradable viviendo del cuento. Era un gran escritor, Mariano. En todo Ventanielles era conocido, aunque quizás esta popularidad se debiera más al hecho de que soliera pasearse desnudo que a sus inquietudes literarias. Mariano era un fiel militante de la causa nudista, o desnudista, como él la llamaba y nunca perdía la ocasión de mostrarle al mundo su grotesca virilidad. Solía ponerse un gorro con hélice, no por una simple cuestión estética sino más bien para llamar la atención, aunque su desnudez constituía de por sí reclamo suficiente para las atónitas miradas de los viandantes.
Un buen día, cansado de la precariedad en la que vive todo aquel que se dedica al arte de las letras, decidió buscarse un trabajo serio. Pensó que esta experiencia sería enriquecedora y, sin duda, le aportaría nuevo material para sus escritos. Aunque Mariano pudiera parecer un perturbado era un hombre con los pies en el suelo, conocedor de las costumbres imperantes en la sociedad moderna. En su afán de dar buena impresión se colocó elegantemente una pajarita en el miembro y salió en busca de un trabajo. Se dirigió a General Elorza y entró alegremente en la oficina de empleo sin hacer caso de las caras boquiabiertas que se formaban ante su presencia. Estuvo largo rato buscando un oficio adecuado para él. Había gran oferta de trabajos que requerían algún tipo de habilidad manual, pero esta perspectiva no convenció mucho a Mariano. Una vez intentó construirse un armario ropero y acabó en el hospital con un cactus metido en el culo. La verdad es que era un proyecto estúpido desde el principio porque tampoco tenía ropa que guardar. Así que, ante el miedo a un nuevo desgarro anal, decidió seguir buscando algo mejor.
No había ningún trabajo que requiriese una inteligencia fuera de lo común, lo cual desagradó a Mariano, ya que toda su vida había ido a clases de educación especial y ahora resultaba que no le iba a servir para nada. Acabó aceptando un trabajo manual, cosa que no le convencía mucho, pero al menos era el trabajo más serio que podría haber encontrado jamás. Sería enterrador. Apuntó la dirección de la funeraria en un papel y se lo guardó en el orificio trasero. Se le ocurrió ir en autobús, pero no acostumbraba a llevar dinero suelto porque las monedas le producían laceraciones en el esfínter y además el cementerio de San Claudio realmente no estaba tan lejos. Así que decidió ir andando y tonificar su cuerpo desnudo. Al llegar a la funeraria le cayó una buena rociada de espray anti violación por parte de la dependienta. Pero cuando Mariano le dijo que venía para entrevistarse con el director le hizo pasar al despacho. El director era un joven barbilampiño, achaparrado, de corte siniestro y voz gutural, pelo hirsuto y casposo, vestía un roído esmoquin de aspecto lacio y sus ojos ratonescos saltaban de aquí para allá analizando todo lo que había a su alrededor. Mariano tendió la mano al joven director y procedió a sentarse. Sentía un nudo en el estómago y empezaba a arrepentirse de haber desayunado tan sólo un cordón.
El director comenzó a hablar y Mariano pronto se dio cuenta de que la única cualidad que realmente se le exigía era que no mantuviera relaciones sexuales con el muerto, lo cual no constituía un problema para él, pues siempre podría aliviarse metiéndola en un donuts calentado al microondas. Con la felicidad propia de la estupidez, Mariano cerró el trato con un apretón de manos. Al día siguiente, mientras cavaba una tumba, Mariano Prieto tuvo que ser ingresado de urgencia con un cactus insertado en el culo. Desde entonces no volvió a realizar trabajos manuales.
Hoy es propietario de la mayor cadena internacional de compra-venta de cactus y tiritas.

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