La preocupación empezaba a carcomerme por dentro. Sabia por experiencia que un calcetín desaparecido jamás, bajo ningún concepto, volvía a aparecer. ¿Qué podría hacer si nunca lo encontrara? Quizás pudiera emparejar el que me quedaba con cualquier otro, pero ¿atraería mi buen sino del mismo modo? y además, ¿qué clase de lunático pisaría zurullos con calcetines dispares? Siempre podría ponerme mis chancletas de la suerte para tal fin, pero decididamente no resultaría ni la mitad de gratificante.
No sabía a ciencia cierta donde debía empezar mi búsqueda. Comencé repasando mentalmente la trayectoria que debía haber seguido para localizar el punto más probable en el que podría haber desaparecido. De mis pies habían ido directamente al cesto de la ropa sucia y de ahí a la lavadora, de eso estaba totalmente seguro. Quizás podría haberse extraviado al sacarlo de la lavadora para volver a meterlo en el cesto, pero las probabilidades de que así hubiera ocurrido eran bastante escasas. Decidí que el momento más probable para su desaparición era durante el tendido. Tal vez fuera un calcetín con aspiraciones que, cansado de soportar una vida que consideraba indigna, hubiera decidido soltarse del tendal y precipitarse al vacío, dejando atrás a su compañero de fatigas. O quizás se tratara de algún tipo de disputa con su pareja que tan sólo pudiera solucionarse separándose de forma definitiva. Por supuesto esta teoría era mucho más factible que la de que la desaparición se debiera a un descuido mío. Decidí comprobar si mi vecino de abajo lo había visto en su patio y había sido tan amable de guardármelo a la espera de que fuera a buscarlo.
Mientras me dirigía escaleras abajo empecé a meditar sobre una sospecha que arrojaba una nueva luz sobre el caso. ¿Y si mi vecino conociera de antemano los especiales poderes de mis calcetines? Al llegar abajo el hombre me contestó que no lo había visto, así que le propine un contundente puñetazo en las narices. Sabía que me mentía, sin duda alguna debía haberlo escondido a la espera de que tarde o temprano se me cayera el otro también, para de este modo poder cambiar su suerte a costa de mi desgracia. Es más, estaba seguro de que era el responsable de todas y cada una de las desapariciones. Así que sin dudarlo dos veces subí a por una lata de gasolina y prendí fuego a su casa con todos sus seres queridos dentro. Quizás puede pueda parecer una decisión demasiado drástica producida por las ideas paranoides de un desquiciado, pero ¿acaso no estaría verdaderamente loco si asumiera sin calcinar a nadie que a veces las cosas se pierden?
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